Oficialmente,
se ha acabado.
Ya
saben a lo que me refiero. No hace falta decirlo. Bueno, no hace falta decirlo,
ni quiero. No hace falta, ni quiero, ni tampoco puedo. La primera regla
implantada por el actual gobierno es que precisamente está prohibido taxativamente
decir la palabra maldita, bajo peligro de prisión o vete a saber qué otras
cosas horribles, como practicar la tortura u obligarte a la conversión a la
cienciología. Le podemos llamar “aprieto” (de manera muy suave) o de forma
coloquial “época chunga”, pero nunca podemos usar su auténtico nombre. A partir
de ahora, para evitar conflictos con la justicia, emplearé un término alterado
genéticamente, como se hacía allá por los inicios del siglo XXI. Como por
ejemplo: MONJA. Si lo dices repitiéndolo muchas veces y rápido:
monjamonjamonjamonjamonja… acabas diciendo JAMÓN. Yo, desde mi absoluta
capacidad astuta para elucubrar, he creado el término SISCRÍ.
Siscrísiscrísiscrísiscrí. No sé si se ha apreciado el sutil término que no se
puede ni susurrar… Yo lo dejo ahí.
El
gobierno, al que estamos infinitamente agradecidos, nos ha sacado de la maligna
siscrí. No ha sido fácil. Ha costado esfuerzo, sudor y lágrimas. Me refiero al
pueblo llano. La clase política ha sufrido también sus consecuencias, por ejemplo
no poder vestirse de Armani a diario o tener que desplazarse en vehículos de
cuatro ruedas, dejando atrás las lujosas limusinas y los rápidos helicópteros
particulares. El camino del coche (con climatizador bi-zona), aparcado en la
puerta del congreso, hasta la entrada al edificio (con aire acondicionado)
puede ser muy sofocante en verano. Incluso a alguno se le ha visto sudando:
¡ellos también sufren!
Las
medidas adoptadas por fin han dado su fruto. El tiempo les ha dado la razón. Nadie
daba un céntimo por ellos cuando subieron el IVA al 82%. No hay consumismo,
porque es imposible, pero el poco que hay, genera beneficios. Hubo muchas
críticas cuando obligaron a los funcionarios a trabajar a cambio de una
palmadita en la espalda y un cuenco de arroz. Ahora nadie oposita; normal, ya
ha dejado de ser un chollo. ¿Y qué decir de cuándo implantaron la tasa por
receta? ¿Querías una receta? Pues paga los 1.000 euros de tasa como todo hijo
de vecino. La gente casi no enferma nada (mueren directamente), demostrándose
así que había mucho caradura suelto. Las restricciones nos duelen a todos, sí,
pero duele menos si hay que pagar por los medicamentos.
Hoy tenemos auténticos motivos para gritar de alegría, después de lustros de oscuridad, desesperanza y depresión. por fin podemos vociferar aquello de: ¡SE ACABÓ LA SISCRÍ!
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